Lleó XIV i l'Arqueologia Cristiana


Amb motiu del centenari de la fundació del Pontifici Institut d'Arqueologia Cristiana, el passat desembre de 2025, el Papa Lleó XIV va escriure  una carta apostòlica sobre la importància de l'arqueologia. No em puc estar de dir, que jo, una enamorada de l'arqueologia, l'he trobat magnífica. Transcric uns quants fragments que m'han agradat molt especialment: 

La arqueología es un componente imprescindible de la interpretación del cristianismo (...) no es solo disciplina especializada, reservada a unos pocos expertos, sino un camino accesible a todos aquellos que quieren comprender la encarnación de la fe en el tiempo, en los lugares y en las culturas. 

El cristianismo no nació de una idea, sino de una carne; no de un concepto abstracto, sino de un vientre, de un cuerpo, de un sepulcro. La fe cristiana, en su esencia más auténtica, es histórica (...) -lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y lo que hemos tocado con nuestras manos acerca de la Palabra de Vida- !Jn 1,1.

(La arqueología cristiana) no es para detenerse en lo visible, sino para dejarse guiar hacia el Misterio que allí se esconde.

La arqueología, al ocuparse de los vestigios materiales de la fe, educa en una teología de los sentidos: una teología que sabe ver, tocar, oler y escuchar. (...) Excavando entre piedras, ruinas y objetos, nos enseña que nada de lo que ha sido tocado por la fe es insignificante. (...) En este sentido, la arqueología es también una escuela de humildad: enseña a no despreciar lo que es pequeño, lo que es aparentemente secundario. Enseña a leer los signos, a interpretar el silencio y el enigma de las cosas. (...) El arqueólogo no descarta nada, sino que conserva. No consume, sino que contempla. No destruye, sino que descifra.

Una teología que ignora la arqueología corre el riesgo de volverse desencarnada, abstracta, ideológica. Por el contrario, una teología que acoge a la arqueología como aliada, es una teología que escucha el cuerpo de la Iglesia, que interroga sus heridas.

Pero la tarea del arqueólogo cristiano no se limita a la materia, va más allá, hasta lo humano. No solo estudia los hallazgos, sino también las manos que los forjaron, las mentes que los concibieron, los corazones que los amaron. Detrás de cada objeto hay una persona, un alma, una comunidad. Detrás de cada ruina, un sueño de fe, una liturgia, una relación. (...) Es una manera de hacer hablar los silencios de la historia, de devolver la dignidad a los olvidados. (...) Cada hallazgo, cada fragmento sacado a la luz, nos dice que el cristianismo no es una idea suspendida, sino un cuerpo que ha vivido.

Sin embargo, la arqueología no se limita a describir la materialidad de las cosas, sino que nos lleva más allá: nos hace intuir la fuerza de una existencia que trasciende los siglos, que no se agota en la materia, sino que la trasciende. Así, por ejemplo, en la lectura de los entierros cristianos vemos, más allá de la muerte, la espera de la resurrección; en la disposición de los ábsides, captamos, más allá de un cálculo arquitectónico, la orientación hacia Cristo; en las huellas del culto reconocemos, más allá de un ritual, el anhelo por el Misterio.

Una teología que quiera ser fiel a la Revelación debe permanecer abierta a la complejidad de la historia.

 

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